George A. O. Alleyne
Director PAHO
En primer lugar, deseo agradecerles el honor
que me hacen. El rango de profesor es el más alto al que
cualquier académico puede aspirar, por lo que las instituciones
universitarias lo confieren con parsimonia. Todavía es
mayor honor para mí, que no soy en este momento académico
en ejercicio, en el sentido tradicional de la palabra. Créanme
que portaré tal honor con orgullo, y espero que mis acciones
futuras contribuyan a realzar la reputación de este gremio
de eruditos.
Hubo
tiempos en los que se aceptaba, como un hecho normal, que existieran
diferencias en el estado de salud, al igual que son naturales
las diversas características físicas. Pero con el
paso del tiempo ha quedado claro que muchas de las diferencias
del estado de salud de las personas, o grupos de personas, de
ninguna manera estás predeterminadas. Hay diferencias derivadas
del entorno en el cual viven, como también hay diferencias
en el grado de disponibilidad de recursos para tratar las cuestiones
de salud que se plantean.
¿Cómo encaja un concepto moral como la equidad en
éstas consideraciones?.Llamamos inequidades a las diferencias
que consideramos injustificadas e injustas . ¿A qué
llamamos diferencias injustas en materia de salud?. ¿Es
injusto que un niño de una familia tenga el síndrome
de Down y los otros sean normales?. ¿Es injusto que un
niño padezca anemia de células falciformes mientras
sus hermanos son portadores del rasgo pero no presentan ninguno
de los terribles síntomas de la enfermedad?. ¿Es
justo que mueran menos mujeres de zonas urbanas al dar a luz que
sus hermanas de zonas rurales?. ¿Es posible crear un indicador
de justicia para aplicarlo a la situación sanitaria de
las personas o las poblaciones?. Hablo de diferencias injustificadas
o injustas cuando son evitables y no deseadas, cuando no representan
el libre albedrío de la persona ni del grupo afectado.
En ese sentido, los dos ejemplos que acabo de mencionar de diferencias
en la salud individual de los niños no representan inequidad,
mientras que la diferencia entre las mujeres de zonas urbanas
y las de zonas rurales probablemente sí lo es. Quizás
sea necesario añadir el concepto de responsabilidad, y
considerar la equidad en el sentido de que la diferencia puede
atribuirse a algún agente responsable. Esto último
es de interés en el contexto de los remedios que se pueden
aplicar para reducir las inequidades.
El
problema de la equidad en todas sus dimensiones está convirtiéndose
rápidamente en uno de los temas más ampliamente
debatidos en la bibliografía sobre salud, pues va reconociéndose
que no basta con mejorar el nivel sanitario medio. Gran parte
de la discusión, gira sobre la medición de la equidad,
o más bien de la inequidad y hay debate acerca de las diferencias
entre la llamad equidad vertical en contraposición con
la equidad horizontal , . No entraré aquí en una
descripción de estas cuestiones de medición, pero
sí les invitaré a que estén la escucha de
los más afectados por las condiciones que causan las diferencias.
La pobreza y la cultura que la rodea son la causa primordial de
las diferencias. Debemos escuchar las voces de los pobres y los
marginados para darnos cuenta e que la salud se destaca entre
sus inquietudes . Vale la pena observar que no son sólo
los pobres quienes valoran la salud por encima de todo. En la
encuesta del milenio realizada para las Naciones Unidas, que incluyó
a varios miles de entrevistados de todo el mundo, la salud aparece
como la inquietud primordial de todas las personas . Viene a continuación
una vida familiar feliz y , mucho más atrás, lo
que podría interpretarse como riqueza material.
La salud fue más valorada que la riqueza, y la explicación
de esa distinción quizás se a de interés
intrínseco. Se dice que John Stuar Mill afirmó que
"la gente no desea ser rica, sino ser más rica que
los demás" . Quizá esto sea así porque
los signos externos de riqueza suelen ser obvios. Gran parte de
la lucha entre las personas, que puede ser la expresión
de un seseo fundamental y básico de ser mejor y parece
mejor, consiste en la ostentación de la riqueza material
.
Pero con la salud no ocurre lo mismo. En la mayoría de
los casos no hay ninguna manifestación externa que permita
la comparación con los demás. Yo observo que las
personas, individualmente o en grupo, aspiran a una mejor salud
por sí misma, y en principio no desean tener mejor salud
que los otros. Las mujeres deploran el fallecimiento de sus hijos
a causa de una enfermedad por la pérdida que para ellas
representa, y generalmente no establecen ninguna comparación
entre su propia situación sanitaria y la de quienes tienen
mejor situación económica. No cabe duda de que la
definición de inequidad, en contraposición con la
de desigualdad, conlleva un juicio moral acerca de cómo
debe funcionar la sociedad y distribuir sus recursos. Algunas
personas recelan hacer juicios morales, que se basan en valores
que no siempre son compartidos.
Gran parte del debate sobre la desigualdad en círculos
distintos de los sanitarios se centra en la desigualdad en cuanto
a la riqueza. Esta inquietud se ha silenciado parcialmente, al
prestarse más atención a la pobreza que a la desigualdad
de los ingresos. Un ensayo reciente en The Economist comenzaba
así: "En círculos correctos de formulación
de políticas no se menciona la palabra desigualdad. En
los últimos años el igualitarismo ha perdido gran
parte del atractivo político que un día tal vez
tuvo" . A continuación señalaba que se está
insistiendo más, en especial por las instituciones financiera,
en la reducción de la pobreza y mucho menos en la reducción
de la desigualdad. Esto es de gran importancia para América
Latina, que conoció cierta reducción de la pobreza
en los años noventa, a que en nuestra región sigue
habiendo pruebas de que aumenta la desigualdad de ingresos y tenemos
la triste reputación de poseer la mayor inequidad del mundo.
Si los círculos de formulación de políticas
han manifestado poco interés por la desigualdad en un ámbito
como los ingresos, no es sorprendente que también se discreto
su interés por la desigualdad en la salud, y quizás
incluso menor en cuanto a la desigualdad que llamamos inequidad.
Entonces,
¿por qué debemos preocuparnos por la inequidad en
materia de salud?. Quizás la razón más importante
sea que se trata de una cuestión de justicia . Este llamamiento
a que haya justicia en la distribución de los principales
factores determinantes de la salud era, en mi criterio, el mensaje
subyacente a la iniciativa "Salud para todos", a la
cual las naciones del mundo enseguida se adhirieron. En segundo
lugar, no podemos separar las inequidades en uno de los componentes
del desarrollo humano de las inequidades de los demás.
Hay que conceder la misma importancia a las capacidades o libertades
esenciales, como diría Amartya Sen, una de las cuales es
la salud . La vida mísera que aflige a los pobres es multidimensional
y abarca carencias de bienestar material, físico y social.
Las inequidades en cualquiera de estos aspectos son nefastas.
Quizás otra razón sea que, como médicos,
podemos ver claramente lo que puede lograrse. Podemos ver el nivel
de carencia, porque hemos observado a personas que gozan de buena
salud y sabemos que esta puede alcanzarse o restablecerse. Es
diferente de lo que ocurre con la riqueza o la educación,
ámbitos cuyos límites superiores no es fácil
determinar. Los que estamos preocupados por las diferencias injustificadas
e injustas en materia de salud, que representan un injusticia
distributiva, solemos ser quienes clamamos por la equidad. Y lo
hacemos, entre otras cosas, porque sabemos que las relaciones
nunca pueden hacer realidad su potencial total mientras haya graves
inequidades en materia de salud.
Hace mucho que sabemos que la salud es un concepto o una construcción
social, en el sentido de que viene determinada por factores sociales.
Son una constante universal, los gradientes de salud relacionados
con la posición social, e incluso en las sociedades pobres
y con bajos niveles sanitarios puede haber desfases en función
de la jerarquía social . Es de importancia capital tratar
d desentrañar los diversos mecanismos por los cuales las
condiciones sociales afectan a la salud. Sólo después
de comprender esto podemos intentar implantar mecanismos para
reducir las inequidades en materia de salud. El análisis
más lúcido que he leído al respecto es el
de Diderichsen y Hallquist, que postulan cuatro mecanismos principales
por los cuales el entrono social influye en la salud. Se trata
de la estratificación social, y la exposición diferencial
, la vulnerabilidad diferencial y las consecuencias diferenciales,
y es obvio que están hasta cierto punto interrelacionados
.
Por lo que respecta a la estratificación social, el propio
carácter del entorno social pude generar riesgos para la
salud. Hay sociedades, o partes de las mismas en las que las propias
normas culturales son nocivas, como sucede con las zonas urbanas
deprimidas en las que reina una cultura de la violencia. Existen
sociedades en las cuales el nivel de predominio masculino hace
que las mujeres corran no sólo riesgo de violencia, sino
también de otros problemas sanitarios. Pero el aspecto
más flagrante de la estratificación social es la
distribución del poder, el prestigio y los privilegios
que estos conllevan para quienes los poseen, en cuanto al acceso
a los medios necesarios para proteger su salud. No son únicamente
los recursos económicos, sino también otros como
la información, los que están desigualmente distribuidos
en la sociedad y pueden condicionar que se adopten o rechacen
comportamientos perjudiciales para la salud. El grado en que los
diferenciales de salud derivados de la estratificación
social constituyen inequidad depende mucho del discriminador social.
Dadas la mutabilidad y otras características del poder
económico, las diferencias en materia de salud así
determinadas no pueden sino ser injustas y, por lo tanto, constituir
inequidad. Es lícito preguntarse si realmente existe un
factor determinante en el contexto social que , al funcionar como
discriminador, no conduzca a la inequidad si se distribuye de
modo inequitativo.
Exposición diferencial quiere decir que diferentes grupos
sociales están expuestos a diferentes riesgos. Hay pruebas
convincentes de que las clases sociales bajas están expuestas
a un conjunto de riesgos ambientales que no afectan a las clases
sociales altas. Estos riesgos suelen materializarse por medios
como la ocupación y la vivienda. Por ejemplo, el saturnismo
infantil asociados con la exposición a pinturas que contienen
plomo se presenta casi exclusivamente en las clases sociales bajas
que residen en viviendas antiguas y en malas condiciones. Una
sola exposición no conduce al saturnismo, sino que hay
un efecto acumulativo derivado de la gran lentitud de la movilidad
a través de las clases sociales.
Vulnerabilidad
diferencial significa que, debido a su clase social, ciertos grupos
pueden verse más fácilmente afectados por un riesgo
determinado, aunque este tenga una distribución homogénea
a través de todas las clases sociales. La vulnerabilidad
puede ser tanto biológica como social. La biológica
puede provenir de que el entorno social se asocia con factores
como una nutrición deficiente, por ejemplo, que hacen a
las personas más susceptibles a la enfermedad. Puede haber
malnutrición en el útero, que condena a la criatura
a un mayor riesgo de contraer diversas enfermedades crónicas.
La vulnerabilidad social puede surgir de carencias en ámbitos
como la educación o la falta de recursos espirituales,
que según Robert Fogel son necesario para el desarrollo
humano óptimo . Este concepto de vulnerabilidad puede estar
relacionado con el de capacidad de adaptación .Está
claro que no todos los grupos reaccionan de la misma manera y
, ante una situación de vulnerabilidad diferencial, la
diferente capacidad de adaptación puede condicionar la
aparición de una enfermedad y otra. Es perfectamente posible
que esta capacidad de adaptación haga disminuir la vulnerabilidad
de un colectivo.
También existen las consecuencias diferenciales, sociales
y económicas, de la mala salud, nítidamente observables
en los efectos de una enfermedad grave en los pobres. Dado que
los pobres tienen , por definición, menos recursos, una
enfermedad grave puede suponerles no sólo el consumo de
las reservas, sino el de los recursos necesarios para sobrevivir.
Este es el marco que se ha propuesto por su utilidad para determinar
las posibles opciones de política para reducir la inequidad
en materia de salud. Suele argumentarse que para corregir estos
mecanismos no sirven los actos individuales, y que los resortes
para el cambio se hallan en gran medida fuera del sector de la
salud. Cada vez estoy más convencido de que son pocas,
o nulas, las posibilidades de resolver la estratificación
social única y exclusivamente mediante la actuación
individual. El estado tienen que intervenir considerablemente.
En las situaciones o los países donde se ha alcanzado una
reducción de los diferenciales de salud, siempre ha habido
una presencia estatal fuerte. Pero, desde luego, esto no exime
a grupos como los académicos de comprometerse para presentar
datos y pruebas que orienten la acción del Estado. Y cuando
digo Estado también me refiero a las organizaciones no
gubernamentales, que están desempeñando una función
cada vez más decisiva para modelar la sociedad.
Hay abundante bibliografía sobre la función nueva
o en transición del Estado en América Latina, que
pone de manifiesto cómo se ha ido reduciendo el ámbito
de sus intervenciones, esperemos que para concentrarse en las
funciones que sólo él puede cumplir. La educación
es un ejemplo clásico de factor que contribuye a la vulnerabilidad
social y precisamente mediante la acción del Estado es
como mejor puede difundirse. También el sistema estatal
de salud cumple una función primordial, especialmente porque
reduce las consecuencias sociales diferenciales de la mala salud.
El mecanismo ideal para ello es un sistema de protección
mediante un seguro que permite compartir los riesgos entre toda
una población.
Pero una de las características de todos los sistemas de
América Latina es la tendencia hacia una manera más
pluralista y mercantil de suministrar los bienes y servicios requeridos
en el sector de la salud, en comparación con el sistema
predominantemente dual que existía hace unos cien años.
Este incremento del pluralismo en lo sanitario es paralelo al
pluralismo en otras áreas, conforme el Estado ha ido abandonando
algunas de las funciones que anteriormente cumplía. Sin
embargo, yo me atrevo a predecir que se producirá un regreso
a un mayor control estatal del suministro de los bienes y servicios
sanitarios necesario o, al menos, a que el Estado asuma la responsabilidad
de velar por que se suministren. Esta será una de las consecuencias
de una inquietud renovada del Estado por la seguridad que, después
de todo es una de las razones de ser primordiales de un Estado.
Pero dicho aumento de la influencia o el control se harán
sentir en áreas que van más allá de las relacionadas
con la seguridad basada en la "mano dura o poder duro"
e incluirán una seguridad también basada en lo que
un ministro canadiense de Asuntos Exteriores denominó "poder
suave".
Para
construir un futuro sanitario con más equidad, son necesarios
ciertos requisitos previos. En primer lugar, debe existir una
comprensión clara de la diferencia que he tratado de establecer
entre desigualdad e inequidad, y hay que aceptar una base moral
cuando se describen diferenciales de salud que constituyen inequidad.
También hay que subrayar la necesidad de disponer de buenos
datos sanitarios. He recalcado reiteradamente, quizás hasta
la saciedad, que antes de poder determinar la inequidad hay que
comenzar por establecer dicha diferencia. La Organización
Panamericana de la Salud ha dedicado considerables esfuerzos a
fortalecer la cooperación técnica con nuestros Estados
Miembros para mejorar sus sistemas de información sanitaria.
Hemos de tener mejores datos sobre la mortalidad y la morbilidad
y sobre el grado en que nuestros sistemas de salud cumplen las
funciones que les son propias. Y para poder determinar en qué
residen las diferencias, tenemos que disponer de datos desglosados
por sexo, zona geográfica y situación social, antes
de poder propugnar políticas para reducir las diferencias.
Nos complace cómo hemos ido avanzando hasta ahora, y tanto
nuestra publicación de los datos básicos como la
publicación por los países de sus propios indicadores
básicos representan un progreso real.
Otro requisito previo para lograr más equidad es que haya
más ardientes defensores de la propuesta. Esta defensa
debe venir tanto del interior del sector sanitario como de fuera
de él. Los profesionales de la salud debemos no sólo
defender esta causa, sino también ganar adeptos. La inequidad
que constituye la discriminación por razón de género
sólo podrá ser abordada por el conjunto de la sociedad.
Pero sí creo que podemos lograr más equidad entre
hombres y mujeres en materia de salud, que es uno de los principios
o valores fundamentales que viene guiando nuestra Organización.
Por último, tendrá que producirse una adecuada intervención
estatal para que haya una distribución equitativa de más
factores determinantes, que contribuya a alcanzar resultados de
salud más equitativos.
Les agradezco nuevamente el honor que me han concedido. Espero
haber convencido a algunos de ustedes de la importancia de algunas
de las cuestiones, y de lo que tenemos que hacer para idear y
tal vez alcanzar un futuro con más equidad en el campo
de la salud.
| |
 |
 |