20 de Junio de 2004

 
 
 
 
 
 

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 NOTICIAS ISALUD                                                                   
      La desaparición del Ministerio de Salud Nacional


Un proyecto de todos...o "extirpar las vides..."

Dr. Rubén Torres


Alguna vez alguien dijo que los países podían clasificarse en 4 categorías:
1.los desarrollados, 2. los subdesarrollados, 3. Japón, que no puede
explicarse que sea desarrollado y 4. Argentina, que nadie puede
explicar cómo es subdesarrollado..."
Dr. J.M. Sanguinetti en Argentina, fue o es?-El País-España-2001


La probable desaparición del Ministerio de Salud nacional (al igual que el de Educación), solicitada por diferentes actores políticos pone sobre el tapete una discusión que va mucho más allá de una mera reestructuración ministerial o la innegable necesidad del déficit cero. El tortuoso camino de reformar el aparato estatal no pasa sólo por la eliminación de ministerios, secretarías y subsecretarías, sino por atacar las causas profundas que impiden que el Estado preste con más eficiencia y transparencia sus servicios a la ciudadanía, y esto último debe ser claramente separado del concepto de ajuste financiero al cual parece habérselo atado.

Además, desde hace algunos años asistimos, al progresivo avance de decisiones económicas que nos despojan de servicios, espacios, códigos que nos identificaban como miembros de una misma comunidad; y lo hacemos sin que surjan voces alternativas y con el comportamiento funcional de gran parte de la clase dirigente y de la propia ciudadanía.
De una parte de la clase dirigente (y léase claramente dirigente, no sólo política cómo hoy pretende hacerse aparecer), que de la mano del programa económico ofreció alternativas a la popular y ciudadana hostilidad al "gobierno gigante", y que manejando las decisiones de ese mismo gobierno (y sin serlo) , terminaron por convertir la mayoría de los sectores de servicios (que aceptemos, con serias dificultades) administraba el Estado o las organizaciones solidarias, en buenos negocios privados.

De una gran mayoría de los dirigentes políticos, que dejaron de escuchar los deseos y necesidades de la gente y de sus organizaciones, con la excusa de que en un mundo globalizado las decisiones políticas y la política misma la hacen y fijan otros y desde lejos, y abandonaron la esencia de hacer política: el arte de construir una comunidad; un hogar común, un proyecto de buena vida para todos (una Nación?) y pasaron a creer que es poco más que llegar a un mercado electoral provistos de un buen "hacedor de imagen" y la adecuada financiación ("El voto bronca no cuestiona sólo y principalmente al gobierno de turno, sino a la totalidad de los actores políticos, porque expresa una desconfianza en las fórmulas que se ofrecen como alternativas..." Felipe González en : Argentina: es imprescindible alcanzar un consenso básico).

Y la ciudadanía, la gente, que crecientemente descreída de que su decisión electoral sirva para mejorar las condiciones de la vida en común, dejó de creer en la política y en su expresión institucional , el Estado e intenta sobrevivir en su espacio privado. Así, el éxito ha dejado de ser una construcción común y solidaria para pasar a ser un bien privado, a defender de las "amenazas" de los otros, del conjunto social. Excepto para el fútbol (aunque crecientemente menos) que aún parece un cometido común en pos del éxito, se está privatizando nuestra vida comunitaria: el nuevo "hombre isla" vive en barrios privados o cerrados; elige en que empresa colocar su aporte jubilatorio (y luego sigue su evolución financiera por Internet); contrata seguridad privada que reemplace al vigilante de la esquina; elige un colegio privado que eduque a sus hijos y un servicio de salud a quien confiar sus aportes... ha perdido la seguridad de que las instituciones que sustentan una vida en comunidad le sirvan para recrear un modelo de vida en común. Sólo los más necesitados (aún sin creer en él) tratan de utilizar el sistema político para sobrevivir precariamente a través de un subsidio, un bolsón de alimentos o un colchón. Y esa credibilidad popular agotada, esa inagotable hipocresía de algunos medios e interesados frente a la "corrupción del Estado y de los políticos", esa creciente hostilidad a lo público, no hacen más que alentar a los defensores del mercado y nos insta a olvidar que sólo el ejercicio de la política y la ciudadanía nos permitirá reconstruir ese "arte de organizar una comunidad" como una cultura que nos involucre a todos, y que nos permita abandonar la desesperanza generalizada que tiene mucho que ver con las recomendaciones de los organismos financieros internacionales. Se sigue apelando a la idea de que el mercado es supuestamente sabio y distribuye con equidad las necesidades y las cargas de los ciudadanos, y que el Estado no debe ser un refugio de desamparados.("El problema es político. O mejor dicho POLITICO-con mayúsculas- y seguirá siéndolo hasta que se defina el espacio público compartido, la res pública, como proyecto de todos para el siglo XXI, para encarar la era del conocimiento. El problema es de consenso básico, constitutivo, que decida que "con las cosas de comer" no se juega. Ningún país que aspire a ser grande, que aspire a la centralidad puede permitirse hacerlo. Todos han decidido cuáles son esas cosas y han resuelto compartirlas por encima de las alternancias normales, más allá de las diferencias entre patronos y trabajadores..." Felipe González en: Argentina: es imprescindible alcanzar un consenso básico)

En esta línea de pensamiento queremos ahora abandonar la idea de un ente nacional (ministerio o como se llame) que en un campo tan importante para todos ayude a equilibrar la no sencilla ecuación entre un sistema solidario y lo privado, que por supuesto y lógico busca maximizar el lucro.

Cierto es que como operan hoy los acuerdos y las representaciones políticas, y cómo funcionan no sólo el ministerio y los servicios de salud, sino también la seguridad, la Justicia, el control de las empresas de servicios privatizados, la educación, etc., están muy lejos de una construcción solidaria capaz de equilibrar desigualdades y privilegios. Sin embargo ello no resulta suficiente justificación para la eliminación de la institucionalidad, pero sí representa la oportunidad para redefinir funciones de los entes públicos que los hagan eficaces para atender las necesidades comunes.

En esa redefinición de funciones del Estado Nacional en salud, le caben al Ministerio crecientes responsabilidades regulatorias en un escenario en el que adquiere mayor preponderancia en la financiación que en la provisión, y en una financiación que paulatinamente se vinculará más a la demanda que a la oferta, una financiación que ayude a la transformación de los estilos de vida e incentive conductas saludables y ponga menos su eje en servicios de salud que en términos de mortalidad son sólo responsables de un escaso porcentaje de los resultados sanitarios. Allí será necesaria una fluida orientación que permita la mejor elección al usuario, un ministerio que pueda tener mayor influencia en la efectiva y equitativa asignación de recursos (que en un 44 % no son de procedencia pública) y que permita una prestación equitativa que no haga diferentes los derechos de jujeños y fueguinos.

Un ministerio nacional, que en un presente de disminución de la cobertura y caída de los recursos de la seguridad social, ayude a salvar establecimientos y trabajadores de la salud sumidos en una profunda crisis económica, financiera y de desesperanza; que sea capaz de elaborar una propuesta para salir de la emergencia y a la vez generar una profunda reforma estructural en el sector, que pueda terminar con una fragmentación que agotó un modelo y desplazar decisiones del centro a la periferia en una descentralización articulada y federal que respete las particularidades de cada uno, pero con una orientación común que permita coordinar a todos los actores del sector para reducir las brechas y alcanzar mayor equidad.

Un ministerio nacional que sea capaz de consolidar un gran fondo sanitario administrado por la Nación y luego descentralizado en seguros provinciales con una adecuada regulación que genere los incentivos necesarios para desear participar en él, y que permita resolver los problemas de salud concretos y cotidianos de aquellos casi 20 millones de argentinos que por no tener empleo, trabajar en negro o ser un cuentapropista pobre, no tienen cobertura médica fuera de un hospital público con gravísimos déficits de gestión.
Un ministerio nacional que sea capaz de establecer los límites del conjunto de servicios que entre todos estamos dispuestos a financiar.

Sin embargo, como en tantos otros sectores de la vida cotidiana en el país, hemos permitido que una parte crucial de nuestra infraestructura pública quede al borde del colapso, en parte porque dejamos tareas propias del sector público en manos del sector privado, en parte porque la descentralización efectuada y consensuada desde la izquierda al neoliberalismo no representó lo mismo, y en parte porque muchos políticos y dirigentes de todos los sectores se dedicaron ha hacer gala de su hostilidad a un "Estado gigante" y dejaron sin recursos y motivación a las instituciones públicas de salud, y no debería sorprendernos que pronto se descubra que pasamos a ser tan vulnerables a un ataque microbiano como lo somos hoy a la inseguridad cotidiana. Hay cosas en las que el gobierno y el Estado tienen que gastar dinero, si la intención es cambiar el sistema de salud en dirección a las necesidades de la población, y no todas esas cosas comprenden jueces y legisladores; la tacañería en algún caso y la dispendiosidad en otros puede mezquinarnos la vida y conducirnos a la muerte como sociedad solidaria.

La construcción de una alternativa distinta, de una nueva cultura política, de un nuevo modelo institucional en salud, que atienda con eficiencia las necesidades comunes, exige ejercer nuestra ciudadanía para exigir los cambios en los que creamos, para reconstruir esa erosión de la confianza, para recrear una credibilidad traicionada; exige hacer política reconstruir una comunidad, una institucionalidad, y es bien distinto de atrincherarnos dentro de las instituciones o de nuestras ideas para que nada cambie; pero también es distinto de eliminar instituciones para que todo cambie... pues este último razonamiento parece en línea con el del monje que estaba convencido de que la única solución para erradicar la filoxera sigue siendo extirpar las vides...