Un proyecto
de todos...o "extirpar las vides..."
Dr. Rubén Torres
Alguna vez alguien dijo que los países podían clasificarse
en 4 categorías:
1.los desarrollados, 2. los subdesarrollados, 3. Japón,
que no puede
explicarse que sea desarrollado y 4. Argentina, que nadie puede
explicar cómo es subdesarrollado..."
Dr. J.M. Sanguinetti en Argentina, fue o es?-El País-España-2001
La probable desaparición del Ministerio de Salud nacional
(al igual que el de Educación), solicitada por diferentes
actores políticos pone sobre el tapete una discusión
que va mucho más allá de una mera reestructuración
ministerial o la innegable necesidad del déficit cero.
El tortuoso camino de reformar el aparato estatal no pasa sólo
por la eliminación de ministerios, secretarías y
subsecretarías, sino por atacar las causas profundas que
impiden que el Estado preste con más eficiencia y transparencia
sus servicios a la ciudadanía, y esto último debe
ser claramente separado del concepto de ajuste financiero al cual
parece habérselo atado.
Además, desde hace algunos años asistimos, al progresivo
avance de decisiones económicas que nos despojan de servicios,
espacios, códigos que nos identificaban como miembros de
una misma comunidad; y lo hacemos sin que surjan voces alternativas
y con el comportamiento funcional de gran parte de la clase dirigente
y de la propia ciudadanía.
De una parte de la clase dirigente (y léase claramente
dirigente, no sólo política cómo hoy pretende
hacerse aparecer), que de la mano del programa económico
ofreció alternativas a la popular y ciudadana hostilidad
al "gobierno gigante", y que manejando las decisiones
de ese mismo gobierno (y sin serlo) , terminaron por convertir
la mayoría de los sectores de servicios (que aceptemos,
con serias dificultades) administraba el Estado o las organizaciones
solidarias, en buenos negocios privados.
De una gran mayoría de los dirigentes políticos,
que dejaron de escuchar los deseos y necesidades de la gente y
de sus organizaciones, con la excusa de que en un mundo globalizado
las decisiones políticas y la política misma la
hacen y fijan otros y desde lejos, y abandonaron la esencia de
hacer política: el arte de construir una comunidad; un
hogar común, un proyecto de buena vida para todos (una
Nación?) y pasaron a creer que es poco más que llegar
a un mercado electoral provistos de un buen "hacedor de imagen"
y la adecuada financiación ("El voto bronca no cuestiona
sólo y principalmente al gobierno de turno, sino a la totalidad
de los actores políticos, porque expresa una desconfianza
en las fórmulas que se ofrecen como alternativas..."
Felipe González en : Argentina: es imprescindible alcanzar
un consenso básico).
Y la ciudadanía, la gente, que crecientemente descreída
de que su decisión electoral sirva para mejorar las condiciones
de la vida en común, dejó de creer en la política
y en su expresión institucional , el Estado e intenta sobrevivir
en su espacio privado. Así, el éxito ha dejado de
ser una construcción común y solidaria para pasar
a ser un bien privado, a defender de las "amenazas"
de los otros, del conjunto social. Excepto para el fútbol
(aunque crecientemente menos) que aún parece un cometido
común en pos del éxito, se está privatizando
nuestra vida comunitaria: el nuevo "hombre isla" vive
en barrios privados o cerrados; elige en que empresa colocar su
aporte jubilatorio (y luego sigue su evolución financiera
por Internet); contrata seguridad privada que reemplace al vigilante
de la esquina; elige un colegio privado que eduque a sus hijos
y un servicio de salud a quien confiar sus aportes... ha perdido
la seguridad de que las instituciones que sustentan una vida en
comunidad le sirvan para recrear un modelo de vida en común.
Sólo los más necesitados (aún sin creer en
él) tratan de utilizar el sistema político para
sobrevivir precariamente a través de un subsidio, un bolsón
de alimentos o un colchón. Y esa credibilidad popular agotada,
esa inagotable hipocresía de algunos medios e interesados
frente a la "corrupción del Estado y de los políticos",
esa creciente hostilidad a lo público, no hacen más
que alentar a los defensores del mercado y nos insta a olvidar
que sólo el ejercicio de la política y la ciudadanía
nos permitirá reconstruir ese "arte de organizar una
comunidad" como una cultura que nos involucre a todos, y
que nos permita abandonar la desesperanza generalizada que tiene
mucho que ver con las recomendaciones de los organismos financieros
internacionales. Se sigue apelando a la idea de que el mercado
es supuestamente sabio y distribuye con equidad las necesidades
y las cargas de los ciudadanos, y que el Estado no debe ser un
refugio de desamparados.("El problema es político.
O mejor dicho POLITICO-con mayúsculas- y seguirá
siéndolo hasta que se defina el espacio público
compartido, la res pública, como proyecto de todos para
el siglo XXI, para encarar la era del conocimiento. El problema
es de consenso básico, constitutivo, que decida que "con
las cosas de comer" no se juega. Ningún país
que aspire a ser grande, que aspire a la centralidad puede permitirse
hacerlo. Todos han decidido cuáles son esas cosas y han
resuelto compartirlas por encima de las alternancias normales,
más allá de las diferencias entre patronos y trabajadores..."
Felipe González en: Argentina: es imprescindible alcanzar
un consenso básico)
En esta línea de pensamiento queremos ahora abandonar la
idea de un ente nacional (ministerio o como se llame) que en un
campo tan importante para todos ayude a equilibrar la no sencilla
ecuación entre un sistema solidario y lo privado, que por
supuesto y lógico busca maximizar el lucro.
Cierto es que como operan hoy los acuerdos y las representaciones
políticas, y cómo funcionan no sólo el ministerio
y los servicios de salud, sino también la seguridad, la
Justicia, el control de las empresas de servicios privatizados,
la educación, etc., están muy lejos de una construcción
solidaria capaz de equilibrar desigualdades y privilegios. Sin
embargo ello no resulta suficiente justificación para la
eliminación de la institucionalidad, pero sí representa
la oportunidad para redefinir funciones de los entes públicos
que los hagan eficaces para atender las necesidades comunes.
En esa redefinición de funciones del Estado Nacional en
salud, le caben al Ministerio crecientes responsabilidades regulatorias
en un escenario en el que adquiere mayor preponderancia en la
financiación que en la provisión, y en una financiación
que paulatinamente se vinculará más a la demanda
que a la oferta, una financiación que ayude a la transformación
de los estilos de vida e incentive conductas saludables y ponga
menos su eje en servicios de salud que en términos de mortalidad
son sólo responsables de un escaso porcentaje de los resultados
sanitarios. Allí será necesaria una fluida orientación
que permita la mejor elección al usuario, un ministerio
que pueda tener mayor influencia en la efectiva y equitativa asignación
de recursos (que en un 44 % no son de procedencia pública)
y que permita una prestación equitativa que no haga diferentes
los derechos de jujeños y fueguinos.
Un ministerio nacional, que en un presente de disminución
de la cobertura y caída de los recursos de la seguridad
social, ayude a salvar establecimientos y trabajadores de la salud
sumidos en una profunda crisis económica, financiera y
de desesperanza; que sea capaz de elaborar una propuesta para
salir de la emergencia y a la vez generar una profunda reforma
estructural en el sector, que pueda terminar con una fragmentación
que agotó un modelo y desplazar decisiones del centro a
la periferia en una descentralización articulada y federal
que respete las particularidades de cada uno, pero con una orientación
común que permita coordinar a todos los actores del sector
para reducir las brechas y alcanzar mayor equidad.
Un ministerio nacional que sea capaz de consolidar un gran fondo
sanitario administrado por la Nación y luego descentralizado
en seguros provinciales con una adecuada regulación que
genere los incentivos necesarios para desear participar en él,
y que permita resolver los problemas de salud concretos y cotidianos
de aquellos casi 20 millones de argentinos que por no tener empleo,
trabajar en negro o ser un cuentapropista pobre, no tienen cobertura
médica fuera de un hospital público con gravísimos
déficits de gestión.
Un ministerio nacional que sea capaz de establecer los límites
del conjunto de servicios que entre todos estamos dispuestos a
financiar.
Sin embargo, como en tantos otros sectores de la vida cotidiana
en el país, hemos permitido que una parte crucial de nuestra
infraestructura pública quede al borde del colapso, en
parte porque dejamos tareas propias del sector público
en manos del sector privado, en parte porque la descentralización
efectuada y consensuada desde la izquierda al neoliberalismo no
representó lo mismo, y en parte porque muchos políticos
y dirigentes de todos los sectores se dedicaron ha hacer gala
de su hostilidad a un "Estado gigante" y dejaron sin
recursos y motivación a las instituciones públicas
de salud, y no debería sorprendernos que pronto se descubra
que pasamos a ser tan vulnerables a un ataque microbiano como
lo somos hoy a la inseguridad cotidiana. Hay cosas en las que
el gobierno y el Estado tienen que gastar dinero, si la intención
es cambiar el sistema de salud en dirección a las necesidades
de la población, y no todas esas cosas comprenden jueces
y legisladores; la tacañería en algún caso
y la dispendiosidad en otros puede mezquinarnos la vida y conducirnos
a la muerte como sociedad solidaria.
La construcción de una alternativa distinta, de una nueva
cultura política, de un nuevo modelo institucional en salud,
que atienda con eficiencia las necesidades comunes, exige ejercer
nuestra ciudadanía para exigir los cambios en los que creamos,
para reconstruir esa erosión de la confianza, para recrear
una credibilidad traicionada; exige hacer política reconstruir
una comunidad, una institucionalidad, y es bien distinto de atrincherarnos
dentro de las instituciones o de nuestras ideas para que nada
cambie; pero también es distinto de eliminar instituciones
para que todo cambie... pues este último razonamiento parece
en línea con el del monje que estaba convencido de que
la única solución para erradicar la filoxera sigue
siendo extirpar las vides...
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