El precio de los medicamentos y la falta
de planes que los provean vulneran la salud de los pobres -
Ginés González García
María Segunda
estaba en la farmacia acompañada por su hija María
Tercera, y su madre, María Primera. Tomando ventaja de
la desocupación crónica de su hermano mayor, lo
dejaron al cuidado del hogar donde convivían tres generaciones
familiares mientras aprovechaban la mañana para ir al hospital
público de su partido en el conurbano bonaerense.
Las tres Marías
fueron correctamente atendidas y salieron con sus recetas. Allí
comenzó su desesperación. Como casi la mitad de
los argentinos, no tienen sistema de salud que cubra sus medicamentos.
Por lo tanto, deben pagar el precio total de los recetados.
Este drama lo repiten
diariamente miles de pacientes en la Argentina. La pobreza es
causa de enfermedad y es también consecuencia de la misma
que la refuerza. Es también la causa de la imposibilidad
de acceder a la más valorada sustancia terapéutica
del mundo contemporáneo: los medicamentos. El 20% más
pobre de la población deja de adquirir medicamentos con
una frecuencia 5 veces mayor que el 20% más rico. Muchos
argentinos que se sienten enfermos, ni siquiera concurren a los
hospitales por no enfrentarse con una revisión médica
que terminará con una receta que no podrán pagar.
Los argentinos gastamos
por habitante 146 dólares anuales en medicamentos. De ésa
cifra, 118 dólares salen directamente de nuestros bolsillos.
Es decir que casi el 70% de lo que se gasta en medicamentos depende
de la capacidad de nuestros bolsillos. Las obras sociales, el
sector público y los seguros privados financian sólo
la tercera parte. Los dos tercios restantes, fueron pagados directamente
por las personas. Los desocupados o los más pobres pagan
el valor total porque no tienen obra social ni prepaga que absorba
parte del precio. El 52% de lo que gastan en salud los argentinos
del centil más pobre se destina a medicamentos. Los que
cuentan con menos dinero suelen no tener trabajo y si lo tienen
es informal, por lo tanto sin cobertura de obra social. El Estado,
en la mayoría de los casos, provee solamente medicamentos
para enfermos internados. Además, los pobres pagan más
caro los remedios porque es fácil verificar grandes descuentos
sólo en las mega farmacias o cadenas, ubicadas en las zonas
donde se encuentran los ricos. Como si algo le faltara a este
cóctel de injusticias, los pobres necesitan más
medicamentos porque están más enfermos.
En Argentina, cada
vez se consumen menos medicamentos. Hemos pasado de 500 millones
de unidades en 1995, a aproximadamente 400 millones en el 2000.
Cae el consumo y aumenta el precio. La lógica es simple:
mantener y ampliar el volumen económico del mercado de
los medicamentos, a costa de incrementar los precios.
En nuestra serie de
estudios sobre el gasto en salud y medicamentos, hemos estimado
que en 1997, el gasto en medicamentos fue de 5.812 millones de
dólares. Isalud también ha demostrado que el 62%
de las personas, consumen el 90% de los medicamentos dispensados
por farmacias. Tienen acceso al medicamento sólo los que
tienen dinero y trabajo. Como en la Argentina ambos escasean,
la situación empeoró y la sufren quienes tienen
más necesidad y menos dinero.
¿Y la política?
La política
de medicamentos es parte esencial de la política de salud.
La prioridad es garantizar a toda la población el acceso
a los medicamentos esenciales. Una política de medicamentos
en manos del mercado no tiene valores, tiene precios.
La política
nacional no sólo es deseable, sino posible, como demostramos
en la provincia de Buenos Aires desde 1989, donde iniciamos una
política de medicamentos que incluyó accesibilidad,
uso racional y competencia en los precios. En el Pacto Social
para la salud de aquel entonces -en un país en emergencia
social y sanitaria similar a la actual-, se consensuaron leyes,
decretos y medidas que incluyeron medicamentos genéricos,
el Formulario Terapéutico Provincial, la sustitución
por parte de los farmacéuticos y el acceso seguro para
los más débiles. Desde entonces, no existe una política
similar.
El acceso al medicamento
es parte esencial del derecho a la salud. Sin ellos, en algunas
enfermedades, la salud no es parte de los derechos humanos.
Nuestro país
tiene políticas de Estado para el acceso a los alimentos
de los que menos tienen. Recientemente el Ejecutivo ha efectuado
una política para favorecer a los automovilistas rebajando
los precios de las naftas, los peajes y hasta de los mismos automóviles.
¿Cómo justificar desde la equidad, la justicia o
los derechos humanos esenciales que no tengamos una política
de medicamentos que proteja la salud y el bolsillo de todos pero,
además, asegure el acceso a medicamentos esenciales de
los que hoy no están incluidos?
Muchos de los que piden
en las calles ya no son mendigos. Son personas comunes y enfermas
que solicitan ayuda con una receta en las manos. ¿Cuál
es el triunfo del mundo que resuelve lo biológico y no
tiene éxito en lo social?.
Nos acercamos a solucionar
los problemas de la célula, pero no encontramos remedios
políticos para los hombres. Sería aterrador que
desemboquemos en una civilización de las células
sanas en los cuerpos enfermos. Ricos o pobres pueden ser sinónimos
de sanos o enfermos.
Esta nota fue publicada en el Diario Clarín el 25 de julio
de 2001.
