20 de Junio de 2004

 
 
 
 
 
 

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      Las vidas que no tienen remedios

El precio de los medicamentos y la falta de planes que los provean vulneran la salud de los pobres -

Ginés González García

María Segunda estaba en la farmacia acompañada por su hija María Tercera, y su madre, María Primera. Tomando ventaja de la desocupación crónica de su hermano mayor, lo dejaron al cuidado del hogar donde convivían tres generaciones familiares mientras aprovechaban la mañana para ir al hospital público de su partido en el conurbano bonaerense.

Las tres Marías fueron correctamente atendidas y salieron con sus recetas. Allí comenzó su desesperación. Como casi la mitad de los argentinos, no tienen sistema de salud que cubra sus medicamentos. Por lo tanto, deben pagar el precio total de los recetados.

Este drama lo repiten diariamente miles de pacientes en la Argentina. La pobreza es causa de enfermedad y es también consecuencia de la misma que la refuerza. Es también la causa de la imposibilidad de acceder a la más valorada sustancia terapéutica del mundo contemporáneo: los medicamentos. El 20% más pobre de la población deja de adquirir medicamentos con una frecuencia 5 veces mayor que el 20% más rico. Muchos argentinos que se sienten enfermos, ni siquiera concurren a los hospitales por no enfrentarse con una revisión médica que terminará con una receta que no podrán pagar.

Los argentinos gastamos por habitante 146 dólares anuales en medicamentos. De ésa cifra, 118 dólares salen directamente de nuestros bolsillos. Es decir que casi el 70% de lo que se gasta en medicamentos depende de la capacidad de nuestros bolsillos. Las obras sociales, el sector público y los seguros privados financian sólo la tercera parte. Los dos tercios restantes, fueron pagados directamente por las personas. Los desocupados o los más pobres pagan el valor total porque no tienen obra social ni prepaga que absorba parte del precio. El 52% de lo que gastan en salud los argentinos del centil más pobre se destina a medicamentos. Los que cuentan con menos dinero suelen no tener trabajo y si lo tienen es informal, por lo tanto sin cobertura de obra social. El Estado, en la mayoría de los casos, provee solamente medicamentos para enfermos internados. Además, los pobres pagan más caro los remedios porque es fácil verificar grandes descuentos sólo en las mega farmacias o cadenas, ubicadas en las zonas donde se encuentran los ricos. Como si algo le faltara a este cóctel de injusticias, los pobres necesitan más medicamentos porque están más enfermos.

En Argentina, cada vez se consumen menos medicamentos. Hemos pasado de 500 millones de unidades en 1995, a aproximadamente 400 millones en el 2000. Cae el consumo y aumenta el precio. La lógica es simple: mantener y ampliar el volumen económico del mercado de los medicamentos, a costa de incrementar los precios.

En nuestra serie de estudios sobre el gasto en salud y medicamentos, hemos estimado que en 1997, el gasto en medicamentos fue de 5.812 millones de dólares. Isalud también ha demostrado que el 62% de las personas, consumen el 90% de los medicamentos dispensados por farmacias. Tienen acceso al medicamento sólo los que tienen dinero y trabajo. Como en la Argentina ambos escasean, la situación empeoró y la sufren quienes tienen más necesidad y menos dinero.

¿Y la política?

La política de medicamentos es parte esencial de la política de salud. La prioridad es garantizar a toda la población el acceso a los medicamentos esenciales. Una política de medicamentos en manos del mercado no tiene valores, tiene precios.

La política nacional no sólo es deseable, sino posible, como demostramos en la provincia de Buenos Aires desde 1989, donde iniciamos una política de medicamentos que incluyó accesibilidad, uso racional y competencia en los precios. En el Pacto Social para la salud de aquel entonces -en un país en emergencia social y sanitaria similar a la actual-, se consensuaron leyes, decretos y medidas que incluyeron medicamentos genéricos, el Formulario Terapéutico Provincial, la sustitución por parte de los farmacéuticos y el acceso seguro para los más débiles. Desde entonces, no existe una política similar.

El acceso al medicamento es parte esencial del derecho a la salud. Sin ellos, en algunas enfermedades, la salud no es parte de los derechos humanos.

Nuestro país tiene políticas de Estado para el acceso a los alimentos de los que menos tienen. Recientemente el Ejecutivo ha efectuado una política para favorecer a los automovilistas rebajando los precios de las naftas, los peajes y hasta de los mismos automóviles. ¿Cómo justificar desde la equidad, la justicia o los derechos humanos esenciales que no tengamos una política de medicamentos que proteja la salud y el bolsillo de todos pero, además, asegure el acceso a medicamentos esenciales de los que hoy no están incluidos?

Muchos de los que piden en las calles ya no son mendigos. Son personas comunes y enfermas que solicitan ayuda con una receta en las manos. ¿Cuál es el triunfo del mundo que resuelve lo biológico y no tiene éxito en lo social?.

Nos acercamos a solucionar los problemas de la célula, pero no encontramos remedios políticos para los hombres. Sería aterrador que desemboquemos en una civilización de las células sanas en los cuerpos enfermos. Ricos o pobres pueden ser sinónimos de sanos o enfermos.

Esta nota fue publicada en el Diario Clarín el 25 de julio de 2001.