22 de Abril de 2004

 
 
 
 

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      El Consenso como Motor de las Reformas de Salud

Vassallo, Carlos

El conjunto de instituciones y coberturas que integra el diversificado sistema de salud nacional está atravesando una de las crisis más severas de todos los tiempos. Inmerso en el actual escenario macroeconómico, cuya crisis comparte en sus elementos centrales, cuestionado en su organización estructural por ineficiente e inequitativo, y definitivamente alejado de toda pretensión de reformas cosméticas o voluntaristas, nos obliga a un debate político y técnico que supere las cuestiones de accesibilidad y financiamiento.
Una primera lección a aplicar en el análisis del sector es que en los sistemas sociales que involucran una gran cantidad de actores, tanto privados como públicos, el consenso político sobre los cambios es clave. Los actores suelen tener fuerza para frenar los cambios que se intentan pero no para generarlos, dado que esto implica deponer actitudes cerradas, inflexibles y fundamentalistas e intentar construir una alternativa de manera conjunta. Cuando todos se sienten parte de la obra nos hemos acercado a una propuesta que puede prosperar.

En el marco de la situación que vivimos, toda reflexión que intente ir más allá de la coyuntura parece borrarse, dada la desesperación y la urgencia que invaden que nos nublan e impiden pensar lo importante. Corriendo el riesgo de ser acusado de teórico en el esfuerzo de salir de la coyuntura agobiante y mirar el futuro, la pregunta que debemos hacernos es si están dadas las condiciones para generar una transformación del sector hacia un sistema universal de cobertura. ¿Está realmente preparada Argentina para saltar de un sistema fragmentado a un sistema universal? Sucede aquí algo similar al resto de los grandes temas ? Todos estamos de acuerdo en los grandes títulos (universalización, eficiencia y equidad), pero luego comenzamos a ver lo que se gana y lo que se pierde en cada caso y de manera similar al sistema de salud de Estados Unidos los poderosos actores del sistemas impiden la concreción de reformas que beneficien de manera equitativa a la población.

En este dilema, puede generar utilidad hacer un alto para contrastar qué sucedió de particular en otros países que posibilitaron la gestión y concreción de cambios en el sistema de salud.

La salud en Argentina: un escenario de contradicciones

Los países del sur del Europa que reformaron sus sistemas de salud, desde un modelo basado en la seguridad social (de cobertura parcial vinculada al empleo) hacia sistemas universales con financiamiento de rentas generales, lo hicieron con un sólido consenso político y social que les permitió generar el instrumento jurídico apto para la reforma. A partir de allí su implementación estuvo sujeta a la dinámica y el contexto macroeconómico nacional y regional en que les tocó actuar. Mientras España e Italia pueden considerarse casos relativamente exitosos de reforma, en el extremo opuesto tenemos a Portugal y Grecia que se debaten un una transición que nunca termina, donde los intereses privados empiezan a primar sobre los públicos, generando una dispersión y fragmentación del modelo más negativas que la situación previa.

La Salud siempre fue en Argentina un campo de batalla silencioso de proyectos con fuertes contradicciones. En un momento clave del desarrollo del sistema (gobierno justicialista, 1945-1955) se daba la convivencia y la dualidad de un sistema bismarkiano de la mano de los sindicatos y las obras sociales, ayudados por la Fundación Eva Perón, con un Ministerio de Salud conducido por Carrillo que intentaba implementar un programa de cobertura de los indigentes avanzando hacia un esquema de cobertura universal.

Durante el gobierno de Alfonsín, Argentina aprobó un seguro de salud universal basado en las obras sociales como agentes del seguro. Sin embargo las negociaciones del Congreso y la pérdida de mayoría desnaturalizó el proyecto original. A ello hay que agregar que en medio de los intentos de conformar a todos los sectores terminó por convertirse en una letra consensuada pero de difícil o nula implementación. El gobierno de Menem utilizó luego ese marco para plantear reformas y una modernización de los instrumentos allí planteados.
Dicho de otro modo, vivimos durante estos años un escenario sectorial similar a Portugal y Grecia. La fragmentación de la cobertura que hoy viven estos dos países europeos, entre seguridad social, sector público y a la cual se ha sumado el sector privado, es la situación con la cual nosotros convivimos desde los años setenta. Este proceso ha incrementado la ineficiencia por el lado de la falta de coordinación de factores y de inversión, pero de manera paralela ha realimentado la inequidad de la cobertura de salud, que tiende a estar definida según la capacidad económica del beneficiario.

Si miramos la experiencia americana de la reforma de Clinton, la lección es que se puede ganar una elección con la propuesta pero luego su implementación no está sujeta ya a votos sino a negociaciones. El escenario cambia radicalmente, y en ese contexto se mueven más fácilmente los intereses privados y corporativos que terminan imponiéndose.

Argentina realizó un pequeño debate en la Convención Constituyente de 1994 acerca de la necesidad de consagrar el derecho a la salud como un derecho social. Esto hubiera significado que la salud para los argentinos, dejaba de ser un bien mixto (donde se brinda atención gratuita a las personas sin cobertura y se cubren universalmente los servicios con fuertes externalidades considerando que no son divisibles y generan un beneficio individual, en tanto que el resto queda librado a la capacidad de compra que pueda tener el individuo), y pasaba a ser un bien meritorio (para el cual la sociedad considera indispensable asegurar su cobertura).

Sin embargo la Convención ratificó lo que la sociedad argentina ha venido haciendo tanto en períodos democráticos como autoritarios: dejar la salud fuera de los derechos sociales asegurados. Desde su origen la educación fue pública, gratuita y universal mientras que la salud logró apenas que el Estado se involucrara cuando las consecuencias sociales de algunas enfermedades individuales generaban incertidumbres y pérdidas económicas.

La lógica del sector salud ha sido "si tienes empleo y recursos puedes acceder a los servicios de salud, en tanto que si estás desocupado y sin recursos el Estado te brindará la cobertura". Esto hacía de este último grupo un pequeño colectivo, dado que Argentina tenía históricamente tasas de desocupación muy bajas que no superaban el dígito y en consecuencia el sistema de seguridad social cubría el 70% de la población. Pero obviamente la situación cambia cuando la gente ya no se jubila porque no realizó los aportes y los mayores de 65 años no tienen ya la cobertura de salud del PAMI, cosa que ya empezó a ocurrir y seguirá en aumento. Cabe preguntarse entonces qué sucede si además tenemos una tasa de desempleo del 16% y un subempleo altísimo, quedando los trabajadores excluidos de la cobertura de salud de las obras sociales. Situación esta que se agudiza cuando al mismo tiempo se promueve la creación de empleo a través de contratos flexibles donde no está prevista la cobertura de salud.

En el nuevo escenario social claramente las mayorías están cambiando: antes eran los ocupados y jubilados, ahora por los cambios económicos internos pero también por las mismas condiciones internacionales son las personas sin cobertura las que prevalecen, empujándonos a reformar nuestros sistemas sociales para adaptarlos a estas nuevas realidades que surgen. Y esta discusión se está dando con distintos matices en países que contaron históricamente con cobertura de la seguridad social: miremos sino los países europeos y sus sistemas previsionales o los problemas de la cobertura de salud en Alemania a través de los fondos de enfermedad. Agreguemos para ser lo suficientemente claros que los cuestionamientos son básicamente técnicos y estructurales, y no parten de situaciones de desfinanciamiento puntuales o críticas que estén agitando la trama social.

Argentina seguramente deberá convivir con una tasa de desempleo alta y un aumento irreversible del empleo en el sector informal. Pero aunque no tuviera que hacerlo, puede decirse que la cobertura de salud a través de la seguridad social está agotada por diversas razones. Una es el esquema de financiamiento que ya no puede sostenerse en aportes y contribuciones dado que esto incide negativamente para mejorar la competitividad y poder exportar bienes y servicios en un mundo globalizado, pero también por que se agotó un modelo prestador basado en la tecnología y el medicamento, y donde el médico juega un rol no de orientador del paciente sino de promotor del consumo. Por último la misma eficiencia asignativa también esta en dudas: las obras sociales de origen empresarial o sindical o público que fueron las responsables de armar el paquete de cobertura de salud de la población, requieren una mirada organizativa que las modernice y vuelva más ágiles y eficientes para gestionar poblaciones. O bien las veremos finalmente reemplazadas por otros asignadores de recursos más eficientes que puedan cumplir este rol de manera más correcta.

Las reformas sectoriales: un debate pendiente

Vale a esta altura preguntarse hacia donde se inclinará la balanza sectorial. ¿Seguirá el mismo camino de la reforma previsional y de los riesgos del trabajo, pasando de un esquema de seguridad social a uno de capitalización (siempre claro está para el colectivo que se encuentre empleado)? O por el contrario podrá torcer su destino y avanzar hacia un esquema similar a la reforma educativa, que al ser un derecho universal consagrado y a la vez una función de las provincias fue transferida a las mismas para que se encarguen de la financiación y provisión.

En este segundo caso sin dudas existen muchas correcciones a realizar para plantear una descentralización de la salud. En este sentido el INSSJP juega un papel clave dado que aparece como el principal financiamiento central que tiene el gobierno federal para motivar a las provincias a reformar sus sistemas, preparándose de esta manera para recibir recursos dirigidos a dar asistencia médica a las personas de la tercera edad.

El pensamiento del Ministerio de Economía y del Ministerio de Salud a través de su fuente de creatividad (la Superintendencia de Servicios de Salud) parecen inclinarse hacia un esquema basado en la capitalización, con libre competencia entre prepagas y obras sociales que incluya a los beneficiarios del sistema de obras sociales y los beneficiarios de Pami.

Estos últimos con sus $ 45 per capita han pasado a ser la gran esperanza de ampliación del mercado asegurador de la salud. Sin embargo una cosa es captar a una persona de tercera edad y otra bien distinta darle las prestaciones como realmente las necesita. Actualmente, ni las obras sociales ni las prepagas tienen gran experiencia en el manejo y la atención de concentraciones de patologías costosas y grandes volúmenes de poblaciones de tercera edad, más bien aparecen como maestros en el deporte nacional de eludir el programa médico obligatorio y el arte de buscar todo tipo de artilugio para no dar las prestaciones a las cuales debería tener acceso la población.

Es de prever que estos aseguradores se comportarán de manera similar a las administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones que hoy se pelean por los sectores de mayores ingresos a los cuales le ofrecen comisiones cada vez menores, recargando el peso sobre las personas de menores ingresos que se ven afectadas por una verdadera exacción de sus ingresos a través de las altas comisiones que deben pagar. ¿Por qué los aseguradores de salud se van a comportar de diferente manera? ¿Existe algún componente altruista que permita suponer que dadas las reglas de juego de un mercado tan imperfecto como es salud, no saldrán a intentar captar a los jóvenes y viejos de buen ingreso y sanos, poniendo en práctica toda una serie de herramientas disponibles para identificar riesgos y rechazarlos por diversos métodos altamente sofisticados? ¿O será muy probablemente un rol más a desempeñar por los mismos y ya experimentados actores de siempre, con un adecuado cambio de vestuario, maquillage y escenografía?

Llamemos las cosas por su nombre: un mercado de seguros de salud o es universal de manera obligatoria porque se asegura a todos los ciudadanos el derecho a la salud mediante la atención médica, o es un mercado para un sector de la población que tiene capacidad económica para sostenerlo. Estos últimos entonces se transformarán en los únicos "usuarios-consumidores de salud" que contempla explícitamente la actual legislación nacional, en tanto que el resto quedará afuera siendo atendido por un sistema médico estatal orientado a la asistencia de la enfermedad coyuntural, que no llega a ser un programa integral y padece de un desfinanciamiento crónico.

La discusión ideológica de fondo es hacia donde va la seguridad social, que como sabemos está en crisis de la mano del modelo de producción y empleo. Las opciones son sumarse al mercado de seguros voluntarios privados de salud, con todas las distorsiones antes comentadas, o sumarse a un programa de financiamiento público de salud administrado de forma descentralizada.

Los países europeos salieron del esquema de seguridad social y se inclinaron hacia un modelo universal, con financiamiento de rentas generales y aportes y contribuciones. En nuestro caso, el rumbo depende de la decisión de asumir que la salud es un bien meritorio que debe ser protegido, o dejar que siga siendo un bien mixto ante el que el Estado con un comportamiento subsidiario, sólo dé cobertura a las personas enfermas o que han perdido su salud y toda capacidad de pago por la atención médica, para evitar que contagien al resto o entorpezcan la vida social.

Creemos que el debate pendiente es entonces qué tipo de capitalismo debería construir Argentina: uno que deje la atención de la salud para que cada uno se arregle por su cuenta, u otro donde se plantee una responsabilidad pública para que todos puedan tener cobertura médica integral, de manera equitativa y logrando la mayor eficiencia y calidad en el modelo prestador de servicios de salud.