"No hay otro tiempo que
el que nos ha tocado" cantaba Joan Manoel Serrat. La consigna
nos puede servir para reflexionar sobre nuestro destino nacional
y sobre nuestro quehacer sanitario. Es más fácil lamentarnos
por nuestras desgracias que superarlas. Pero corremos el riesgo
de malgastar nuestra energía convirtiéndonos en profetas
del caos.
El siguiente, aunque no reúne los méritos suficientes,
aspira a ser el borrador de un manifiesto. Al menos reconozco que
no tiene ni el rigor ni la objetividad que requiere un artículo.
Tal vez sólo se trata de reflexiones de un funcionario inexperto
consciente de la fugacidad de su paso por la gestión pública.
En fin, propongo seis consignas para construir una política
de Estado en salud.
1. Establezcamos una visión de conjunto
La palabra slogan tiene su etimología en los gritos de
guerra de las hordas bárbaras. Una bandera que defender,
un motivo por el cual dar la vida. Es ese el sentido de la visión
de conjunto. Necesitamos superar el lamento y la crítica
sin propuesta para consolidar el diálogo y arribar a una
agenda de políticas de salud que constituyan verdaderas
políticas de Estado. Esto es, una visión conjunta
de cuales serán las prioridades sanitarias asumidas por
los argentinos, de hacia donde queremos hacer converger nuestro
sistema y todos sus componentes.
La construcción de una política de Estado significa,
entonces, instaurar un conjunto organizado de prioridades en salud
que serán asumidas y preservadas por todos. Por los que
están y por los que vendrán. Sin dudas requiere
de voluntad política (la cual en los últimos tiempos
parece haberse convertido en un bien escaso) pero no es un acto
de gobierno. No es el gobierno sino la sociedad en su conjunto
quién consolida una verdadera política de Estado.
Una sociedad que, en ese acto manifiesta su voluntad de trascender,
de superar el lamento por el "tiempo que nos ha tocado".
Un ejemplo, algo antiguo, podría ilustrar el cambio al
que me refiero. Al visitar los Estados Unidos de Norteamérica,
Alexis de Tocqueville se conmovió ante un grupo de bulliciosos
manifestantes que deambulaban por las calles proclamando su firme
decisión de abandonar para siempre el alcohol. Encontró
allí un pilar de la democracia, el compromiso con el bien
común que parte de actitudes individuales. "En mi
país ese grupo de alcohólicos hubiera reclamado
que el Estado se haga cargo de ellos", concluía Tocqueville.
Establecer una visión de conjunto involucra definir un
esquema de división del trabajo. Es como armar esas imágenes
que se componen con un rompecabezas. Sólo cuando se juntan
todas las piezas aparece el cuadro oculto en los fragmentos. Lo
importante es que consigamos definir el cuadro y que cada uno
de los actores sepa qué pieza representa.
2. Construyamos una militancia sanitaria.
No hay que tener miedo de ideologizar la salud. Por el contrario,
es justamente discutiendo valores, principios y propósitos
que llegaremos juntos a una conclusión sobre cuales medios
son más adecuados para resolver los problemas de salud
nuestra de gente y curar al sistema.
Así como ocurrió en todas las arenas de la política
nacional, la política de salud registró su mayor
crisis a finales del 2001. El día que se inició
el corralito bancario el Ministerio de Salud de la Nación
Argentina estaba prácticamente sentenciado a muerte y sin
derecho a un juicio justo. La tesis de la conveniencia de eliminar
al Ministerio Nacional parecía hegemónica. Para
las provincias representaba la oportunidad de captar una porción
mayor de recursos. Para las autoridades económicas nacionales
representaba una opción para reducir un gasto público
acusado de ser responsable del alto déficit fiscal. Y todo
esto en un contexto donde asumíamos que los niveles de
gasto en salud en Argentina eran muy altos y que con ese gasto
conseguíamos comprar muy poca salud.
El ministerio de salud realizó en los últimos seis
meses un giro copernicano. De estar al borde de su eliminación,
pasó a adquirir un protagonismo creciente. Me animaría
a decir que hoy nadie se atrevería a postular nuevamente
la disolución del Ministerio Nacional. El Cofesa ha recuperado
protagonismo. La salud se aproxima más hoy a constituir
una preocupación de todos.
Una parte de este giro se puede atribuir a la gestión actual
del ministro y su equipo. Pero otro determinante es el conjunto
de amenazas que la crisis política, social y económica
desplegó sobre nuestra salud. Entre ellos:
· El corte de servicios de la seguridad social.
· La ruptura de la cadena de pagos en el sector con niveles
de pasivos prestacionales que superaban el 10% del gasto anual
en salud y del 30% al 40% del giro de la seguridad social.
· La reducción de la cobertura de las prepagas que
durante los últimos meses vio a 400 mil personas cancelar
su afiliación y a otras tantas pasarse a planes más
baratos.
· El consecuente desborde de demanda en los servicios públicos.
· Los brotes de enfermedades reemergentes asociadas con
la pobreza como la Leptospirosis, el Hanta, la TBC, etc…
· La amenaza de retroceder en la trancisión epidemiológica
debido al posible impacto de esas infectocontagiosas más
la baja cobertura de la vacunación en años anteriores,
junto a la desnutrición y las dificultades de acceso.
· El incremento del precio de los medicamentos y descartables.
En fin, a la salud la valoramos cuando no la tenemos. Las amenazas
sobre nuestra salud o sobre el acceso a los bienes y servicios
que su conservación requiere cambiaron la actitud de nuestra
población con respecto al tema.
Sin embargo, a la política de salud la valoramos cuando
existe y no cuando nos falta. Si nuestro diagnóstico se
restringiera a adjudicar sólo a los factores financieros
la causa de la crisis sectorial estaríamos repitiendo los
mismos errores que nos llevaron a ella.
La crisis sanitaria es fundamentalmente política. Y, por
lo tanto, la salida de ella también es política.
Nuestros servicios de salud llegaron a esa condición de
vulnerabilidad y nuestras políticas de salud llegaron a
esos bajos niveles de efectividad por nuestra incapacidad política.
No estoy criticando a una gestión, a un partido ni a un
gobierno en particular. Por el contrario, hago un mea culpa, me
involucro y postulo que todos los que participamos de una forma
u otra del sector salud somos culpables de haber despolitizado
la salud. Hemos restringido la salud en una cuestión técnica.
Déjenme por favor, hacer una digresión. En los
comienzos del siglo pasado Max Weber dictó dos conferencias
que hoy son ya textos clásicos: "La ciencia como profesión"
y "la Política como profesión". Entre
muchas otras cosas Weber destaca que la vocación política
apunta a influir sobre el destino del Estado. Y la vocación
científica involucra un compromiso con el progreso. Pero
un progreso basado en la exactitud. Donde lo importante no es
el liderazgo, el talento, o la inspiración sino el compromiso
con el rigor. La ciencia siempre avanza, el Estado no. Se podría
postular que la tensión entre Ciencia y política
es un debate entre medios y fines.
Otra tensión entre medios y fines se registra entre la
actitud del técnico y la del profesional. El primero es
aquel que domina una técnica y la pone al servicio de quién
lo contrata. El instrumento en si desprovisto de ideología,
desprovisto de valores y fines. Por el contrario, profesional
es aquel que profesa. Eso significa que enseña y que defiende
una postura. Ser profesional requiere asumir compromisos, tomar
partido. Ser técnico no.
Si cruzamos ambas tensiones, la de la Ciencia y la Política,
con la del técnico y la del profesional verificamos que
la actitud del técnico nunca puede ser científica.
El científico, por definición, es un militante de
la verdad. Para ilustrar esto Weber recuerda la alegoría
de la caverna narrada por Platón en el séptimo libro
de "La República".
Pensemos, entonces, en la diferencia entre un profesional de la
salud pública (un sanitarista) y un técnico en salud.
El primero sería aquel que profesa un modelo sanitario,
el segundo es un diestro en el manejo de determinadas herramientas
que pone al servicio del mejor postor.
En un país donde prevalecen los sanitaristas sobre los
técnicos se terminará consolidando una verdadera
arena sanitaria y, me animo a decir que a la larga o a la corta
se logrará un consenso que situará a las políticas
de salud como verdaderas políticas de Estado. Es decir,
políticas cuya consecución se sitúa por encima
de un ministro, de una gestión, de un partido.
En un país donde prevalecen los técnicos sobre los
sanitaristas se tenderá primero a desideologizar la política
de salud. El debate sanitario tenderá apagarse. No habrá
premisas claras ni valores perennes atravesando las políticas.
Cada actor cada sector buscará defender y priorizar sus
intereses personales por sobre los del conjunto. El resultado
será que a medidas, resoluciones, decretos, etc.., implementadas
en un sentido sobrevendrán luego otras similares desdiciéndolas.
Como un juego de marchas y contramarchas. Es decir, no habrá
progreso. Entonces si estaríamos condenados a ser Sísifos
sanitarios.
En conclusión, creo que los actores que estamos involucrados
en el sector salud argentino se nos ha marchitado la llama de
la pasión sanitaria. Hemos escondido nuestra responsabilidad
profesional detrás de justificativas técnicas. Hemos
sucumbido ante la premisa positivista que postula una visión
técnica superior y aislada de la realidad política.
Al menos, en lo que a mi respecta estoy convencido que tengo que
asumir una militancia sanitaria. Que si quiero ser un auténtico
profesional tengo que definir el modelo sanitario que quiero y
salir a predicarlo. Asumir una bandera sanitaria, eso que Weber
llamaría la vocación política, o que Ortega
y Gasset llamaría comprometerse con las circunstancias.
Pero eso no significa volverse un político, asumir la política
como profesión. Se trata de asumir la voluntad de cambio
y el compromiso no, necesariamente de plantear ambiciones ni vocación
de poder sino compromiso con transformar la salud pública.
3. Encendamos el debate sanitario
En la construcción de una política de Estado en
salud los intelectuales deben asumir más protagonismo.
La investigación como actividad y la academia como arena
tienen un rol fundamental alimentando la formulación de
políticas públicas. En salud pública más
que en ninguna otra área la formulación de políticas
surgió en contextos técnico científicos.
La primera formulación del Welfare State que se da en la
Inglaterra de posguerra se desprende de un informe elevado por
Lord Beveridge a la corona británica. Y luego nadie influyó
más que el profesor Richard Saltman para que los países
pioneros en incorporar Servicios Nacionales de Salud (Suecia e
Inglaterra) hicieran un giro de mercado y avanzaran hacia la competencia
pública. De hecho, gran parte de las reformas de salud
más radicales de los últimos treinta años
surgieron de la academia o tienen a académicos como padres.
Las reformas en Holanda llevaron los nombres de sus creadores,
primero el profesor Dunning y luego el profesor Dekker. En España
la comisión presidida por Abril Martorell dio lugar a un
informe (más conocido como el "informe Abril")
que sentó las bases del actual Sistema Nacional de Salud.
En la mayoría de los casos han sido las autoridades el
Poder Ejecutivo o del legislativo quienes, percibiendo la importancia
de incorporar una reforma sanitaria en la agenda de políticas
públicas encomiendan a un científico o designan
una comisión técnica para encontrar alternativas.
Una tendencia mundial muy fuerte en la formulación de políticas
de salud en salud de los dos últimas décadas consistió
en la priorización de políticas orientadas a curar
y proteger a los sistemas y servicios más que a la personas.
Tal vez sea allí donde se registre el impacto más
profundo del neoliberalismo en salud. Sin embargo, la reacción
comenzó. Su embrión se puede encontrar en un antiguo
informe encargado por el gobierno canadiense y comandado por el
Profesor Lalonde (en 1974) y el paradigma que hoy conocemos como
"políticas saludables" alcanza envergadura a
partir del informe del Dr Jake Epp también en Canadá
(1986).
En salud es muy raro que las políticas se implementen por
presiones sociales organizadas. Una carpa blanca de la salud es
casi imposible de organizar y seguramente ello no se debe a que
la situación sanitaria argentina sea mejor que la educativa.
Ni se trata de una peculiaridad argentina. El proceso de producción
de la salud es muy abstracto y muy complejo, ello genera asimetrías
de información que dificultan mucho la participación
social en salud y no estimulan el debate.
Lo que si es particular de Argentina es la configuración
de fuerzas que se generó. Se trata de un modelo de múltiples
actores sustentando diferentes intereses, pero además de
doble agentes.
En Argentina el debate sanitario se aletargó durante los
noventa. Puedo dar testimonio de ello. Junto al actual Ministro
de Salud escribimos en 1997 un libro titulado "Más
salud por el mismo dinero" seguros de que estaríamos
encendiendo un arduo debate. Sin embargo, a pesar de que se agotaron
dos ediciones no podemos decir que haya generado ninguna polémica.
En otros países esto no es así e incluso se de varios
profesores de salud pública que han influido definitivamente
sobre la agenda de políticas públicas, en algunos
casos convirtiéndose ellos mismos en políticos pero
en otros casos solamente desde sus publicaciones y sus cátedras.
4. Superemos las políticas sustantivas y formulemos políticas
instrumentales
Una segunda característica de las políticas de salud
en Argentina se refleja en su instrumentación. En los países
avanzados, e incluso en varios de nuestra región, las políticas
llegan al nivel más operativo. Esto significa que no se
restringen a definir líneas prioritarias de acción
sino que definen objetivos y los cuantifican en metas. Muchos
de ellos incluso llegan a publicar sus planes de salud en libros
muy detallados. En nuestro país el máximo nivel
de precisión que logramos en los noventa se concretó
en el Decreto 1269 de 1993 que establecía las políticas
sustantivas de salud.
Las prioridades sanitarias no se manifiestan creando órganos
de gobierno (secretarías, subsecretarías, direcciones
o agencias) sino estableciendo metas. "Lo que se mide se
hace" proclamaban Osborne y Gaebler en el libro que fuera
el mayor best seller político de los noventa "La reinvención
del gobierno". Necesitamos establecer metas sanitarias por
provincia y región, comprometernos con ellas y hacerlas
transparentes. Dejar que la sociedad civil (en especial a través
de sus organizaciones) las monitorée y vele por su cumplimiento.
5. Asumamos el Federalismo sanitario
Una tercer característica de la formulación e implementación
de políticas de salud en Argentina radica en la baja diversidad
e innovación por parte de las provincias. Se podría
esperar que las provincias difieran en sus políticas y
en la organización de sus sistemas de salud debido al carácter
federal del país, la provincialización de los servicios
y las grandes heterogeneidades sociales y epidemiológicas
de la población de las diferentes regiones. Sin embargo,
las acciones han sido sorprendentemente homogéneas y de
hecho son muy pocos los programas provinciales que no se desprenden
de una política vertical del Ministerio Nacional.
También hace falta repensar los programas verticales puesto
que en un país donde los servicios se han descentralizado
pero las políticas son formuladas desde el centro, se terminan
relajando los controles. En la formulación de políticas
de salud hay que barajar y dar de nuevo. Hace falta establecer
con precisión las líneas de acción en todo
el país o en cada una de sus regiones y (como decíamos
antes) definir metas a ser alcanzadas, hacer transparentes los
recursos asignados y que todo ello sea conocido por la sociedad.
Sin este cambio continuaremos nacionalizando las culpas y provicializando
los éxitos o viceversa. O tal vez corramos el riesgo de
caer en debates inocuos como aquel de un país vecino que
frente a la epidemia de Dengue discutía a que jurisdicción
correspondía el mosquito vector (Aedes Aegyti).
Se puede inferir que si no hay debate social ni académico
alimentando la definición de la agenda, no hay precisión
en la formulación, junto a la relativa dependencia del
nivel central en la ejecución; menos aún habrá
evaluación de las políticas. Y esto constituye un
círculo vicioso, una cadena de incentivos perversos. Para
qué operacionalizar la política donde no se evalúa
el cumplimiento de metas?. Para qué informar sobre la producción
de servicios donde no hay ninguna evaluación de desempeño?.
6. Garanticemos una conducción comprometida
Si para la formulación tiene que haber debate, para la
gestión tiene que haber compromiso. Otro engaño
neoliberal de los noventa ha sido el modelo "custodiado por
expertos". Lo que garantiza el progreso en un ministerio,
en un programa o en un servicio no es que asuma la conducción
alguien bien formado y que sepa mucho. Volviendo al esquema de
Weber, no necesitamos tanto del "rigor" como del compromiso
de quienes conducen la política. Lo que realmente garantiza
un cambio es el compromiso y el trabajo en equipo. Es que quienes
hacen funcionar las instituciones asuman un compromiso común,
mantengan códigos de comunicación y de ética.
El cambio en el modelo de gestión sólo se logra
en equipo.
Una de las encrucijadas de los noventa fue que la racionalidad
sanitaria perdió peso ante la económica y luego
esta última fue cediendo a la administrativa. Esto ocasionó
una circulo vicioso de pérdida de legitimidad y liderazgo.
Aquí se trata de un problema mundial. Esta fue una de las
conclusiones del IV Eurolac, cuando a finales de febrero se reunieron
en Málaga la mayoría de los ministros de salud de
Europa y América Latina.
Otro de los problemas, que en parte es consecuencia del anterior,
fue la baja duración de los funcionarios en los cargos.
Si a eso le sumamos que por más preparada que esté
una persona o un equipo siempre hay períodos (y costos)
de aprendizaje y entrenamiento, deducimos que se comprometió
la eficacia de las diferentes gestiones.
Konrad Laurentz narraba que le llamó la atención
que los gansos salvajes volaran siempre siguiendo una formación
en forma de "V". Descubrió que ello les permitía
reducir la resistencia del aire (y por lo tanto su esfuerzo) en
al menos un 30%. Además, cuando el que marcha a la cabeza
(que es quién enfrenta la mayor resistencia) se agosta
inmediatamente el segundo lo reemplaza e incluso cuando uno resulta
agobiado o herido otro se queda con él para auxiliarlo
y acompañarlo.
Estoy (estamos) convencido (s) que es más importante esa
disciplina solidaria de un grupo que se cuida mutuamente y mantiene
códigos comunes, que la lucidez, la expertisse o la ilustración
de los cuadros. Alejandro Dolina redactó un texto breve
bajo el título de "Instrucciones para elegir compañeros
en un picado" que sintetiza esta concepción "Un
grupo de personas que se quieren y se respetan es invencible.
Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos
que la victoria con los extraños o indeseables".
